Mis cambios comenzaron con la ducha fría.
Bueno, en realidad… con baños de hielo.
Busqué un grupo en Barcelona que los hiciera y me apunté.
Ese fue mi despertar.
Me costó muchísimo.
Temblé los tres minutos que debía aguantar a tres grados.
Creí que iba a morir.
Pero al salir… me sentí como nueva.
Al día siguiente empecé a bañarme a diario en la piscina comunitaria, que en pleno invierno llega a estar a 9 °C.
Y desde entonces, hace ya cuatro años, no he dejado de hacerlo.
Puedo decir que desde que me expongo al frío no me he vuelto a resfriar.
Seguro que no es solo por eso — es la suma de todo —, pero lo relaciono bastante.
Además de sumergirme unos dos minutos al día, cuando llueve o me noto “a punto de caer enferma”, me ducho con agua fría en casa.
Y lo curioso es que, cuando me siento baja de energía o con esa sensación de fiebre leve, me ducho, no me seco casi, me meto en la cama… y al día siguiente estoy perfecta.
También es cierto que, al principio, me obsesioné un poco.
Me habían encontrado una mancha en el pulmón derecho, y empecé a investigar.
Ahí conocí a Sebastian Kneipp, el padre de la hidroterapia.
Me fascinó su visión del agua y las enfermedades.
Leí su protocolo y traté de seguirlo.
Un año después — y tras dejar de fumar después de más de treinta años — volví al médico.
La mancha había desaparecido por completo.
Ni ellos daban crédito.
Recuerdo que el radiólogo lo resaltó en negrita, atónito.
Ver eso me hizo entender algo:
existen formas de sanar que la medicina convencional nunca nos ha contado.
Desde entonces he ido incorporando muchos otros cambios — que iré contando —,
pero este fue el primero de todos.
✨ El agua fría fue mi puerta de entrada a una nueva forma de entender la salud: simple, natural y profundamente transformadora.